«El hombre que ríe» dirigida por el cineasta alemán Paul Leni en 1928 constituye una adaptación de la homónima novela de Victor Hugo de 1869, escrita desde su exilio en Guernese, Francia, en la cual, siguiendo con el fuerte componente político que ya aventuraban algunas de sus novelas como Los miserables, destapa las artimañas de la aristocracia, a través del oscuro melodrama protagonizado por el personaje de Gwynplaine. No obstante, no es solo el componente político el que caracteriza a Victor Hugo, sino que, el novelista del romanticismo francés, también es destacado por cuestionar y poner sobre la mesa el tema del “el miedo y rechazo al diferente”, dando un giro de guion y mostrando a través de la figura del monstruo la parte más humana y bondadosa que subyace en el ser humano en contraposición a la despiadada y cruel sociedad; este aspecto se muestra también en su novela Nuestra señora de París a través de Quasimodo. Victor Hugo, además pone de manifiesto una práctica que se llevaba a cabo en el siglo XVII: los comprachicos. Esta organización se encargaba de la compra-venta de niños con el fin de torturarlos, llevando a cabo prácticas para deformar sus cuerpos, para así venderlos a la corte o a los circos y conseguir una rentabilidad económica a cambio. Por aquel entonces la deformidad y las rarezas humanas (tullidos, enanos…) eran expuestas en las barracas o circos ambulantes para que estas personas fuesen humilladas, constituyendo el objeto de burla del resto del pueblo. Otras películas que destacan por tratar este tema son Freaks, la parada de los monstruos de Tod Browning y El hombre elefante de David Lynch, entre muchas otras. Pero en esta historia de Hugo sale a relucir el nombre de Ramón Sellés, que termina de aunar la realidad y la ficción, y que será el encargado de practicarle a Gwynplaine una incisión en la boca provocándole una sonrisa permanente que acabará condenándole de por vida.

Este film nos sitúa en la Inglaterra de Jacobo II y, más que condensar una novela de terror, nos traslada a la triste vida que le toca vivir Gwynplaine, sentenciado al morbo de los espectadores y totalmente desmoralizado por el aspecto físico que padece, incluso esconde y tapa su boca al acabar la función de la angustia y vergüenza que le produce ser así. Pero la bondad de este provoca que, Dea (Mery Philbin), una mujer ciega que fue rescatada por Gwynplaine cuando esta no era más que un bebé, sea capaz de ver con el corazón la afabilidad y la ternura que desprende El hombre que ríe, enamorándose de él. Es tal la benevolencia que presenta, que a pesar de que el amor sea mutuo, este se castiga continuamente afirmando que no es merecedor de tener a su lado a una persona como ella. Y es que Gwynplaine está completamente acomplejado por cómo es.

Esta novela fue llevada a los grandes estudios de Hollywood de la mano de Paul Leni, figura clave del expresionismo alemán, ya que la situación en Alemania era convulsa debido a las compensaciones de paz impuestas en el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial, la crisis económica provocada por la Gran Depresión y el rechazo a la política de Weimar que fueron las gotas que colmaron el vaso para Adolf Hitler diese paso al ascenso del nazismo en Alemania. Por ello, Paul Leni, que discrepaba de esta mentalidad, se vio obligado a trasladarse a Estados Unidos y en 1927 aceptó la invitación de Carl Laemmle para convertirse en director de Universal Studios (caracterizada por el cine de monstruos). De esta manera El hombre que ríe acabó por constituirse como una obra mestiza que galopa entre las características del expresionismo alemán y del estilo hollywoodiense. Por un lado, encontramos un fuerte arraigo del expresionismo alemán en el contraste de claros y oscuros, en los encuadres anómalos, la utilización de intertítulos y la fuerte teatralidad que se presenta en el film y que nos redirige a los orígenes del cine de Méliès. Por otro lado, la película presenta numerosos rasgos estilísticos propios del Hollywood mudo y del llamado “estilo invisible”, encontramos numerosos movimientos de cámara en los que predominan aquellos que se usan para seguir a los personajes, un montaje preciso a la vez que dinámico, la modificación de la historia real de la novela para adaptarla al cine de Hollywood con su “final feliz”, el “salvamento en el último minuto de Griffith” y la composición del plano, recreando los escenarios. No obstante, entre esta aleación de corrientes encontramos que el film presenta grandes innovaciones, ya que juega con los tamaños de plano, desde primeros planos hasta contrapicados que ensalzan la figura del protagonista, numerosos encadenados que no solo provocan un gran dinamismo en la narración, sino que juegan con el simbolismo, pudiendo presenciarse algunos match cut a modo de transición y representaciones simbólicas como una silla vacía como alegoría de ausencia. Además, podemos observar que, en ciertos momentos, el personaje nos da la espalda olvidándose de las convicciones teatrales, así como números encuadres en los que podemos observar la intencionalidad del director de componer el plano, y otros tantos movimientos de cámara que nos sitúan a través de diferentes miradas. Cabe destacar el plano en el que la cámara se sitúa en una noria simulando el movimiento de esta y como desde esta película ya encontramos ese deseo sexual de “ser sin ser visto” propio de la escopofilia, cuando uno de los personajes mira a través de la cerradura de la puerta para espiar a la duquesa Josiana. Por último, es reseñable el uso del montaje alterno convergente al final de la película en el que, tras la persecución al hombre que ríe, este consigue llegar al muelle y encontrarse con su amada y marchar con ella.

Este melodrama bizarro, también seguía el “Star System” de Hollywood, y por ello la persona que protagonizase el film sería clave para su éxito. En un comienzo se pensó que Lon Chaney, conocido ya por éxitos como El fantasma de la ópera o El Jorobado de Notre Dame, podría ser el hombre que ríe, pero finalmente Leni decidió que Conrad Veidt, cuyo nombre resonaba también en otras obras sería el elegido (El hombre de las figuras de cera de Paul Leni y El gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene). Su actuación es impecable y a pesar de sostener esa enorme sonrisa congelada, podemos comprender sus sentimientos a través del brillo de sus ojos y la gestualidad de su cara, y es que la actuación en esos momentos era de vital importancia, ya que la película se enmarca tan solo un año después de la llegada del cine sonoro de la mano de El cantor de jazz (1927). El hombre que ríe presenta en numerosas ocasiones un acompañamiento sonoro para algunas escenas, en las que en muchas es palpable que el sonido es extradiegético, pero en otras podemos observar esa intencionalidad de que el sonido pertenezca a la diégesis de la historia como se muestra con el sonido del barullo de la gente en las barracas en el que, además, se puede apreciar alguna que otra voz que intenta simular la aclamación del público.
De este modo, esta película constituye una muestra del paso del cine mudo al sonoro y de como con la llegada de este último muchos actores tuvieron que reinventarse, dejando a un lado la exageración de los movimientos para poder adaptarse a las nuevas condiciones del cine sonoro, pudiendo ver el nombre de Veidt en grandes filmes de la historia del cine posteriores como Casablanca (1942). Además, la puesta en escena y la caracterización del personaje de El hombre que ríe terminó por inspirar a Bob Kane y Bill Finger para la creación del personaje de: El Joker. Son muchas las versiones y adaptaciones que se han hecho con el personaje del Joker, pero me gustaría destacar la versión de Todd Phillips, ya en este film empatizamos con el personaje y podemos observar como la crueldad del personaje queda justificada por la situación de la vida que le ha tocado vivir. De nuevo nos muestra la falta de humanidad de la sociedad; sintiendo el rechazo, la impotencia y la tristeza del personaje. Al fin y al cabo, aunque las personalidades de los protagonistas sean diferentes ambos están inundados por la tristeza y son fruto de una sociedad incomprensiva que machaca, abusa y se burla de todo aquel que puede.