EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS. PETER WEIR, 1989.
El director de este film es Peter Lindsay Weir (21 de agosto de 1944), un cineasta australiano reconocido por dirigir películas tan trascendentales como Gallipoli o El show de Truman. Una de las características común que llama la atención de las películas de Weir es la introducción de uno o varios personajes que cumplen la función narrativa conocida como “pez fuera del agua”, en el que estos se encuentran en un mundo en el que no encajan del todo bien con respecto al modelo de sociedad que se presenta en el mundo diegético de la película.
El film transcurre en la Welton Academy en Vermont (Estados Unidos) en el año 1959, aunque resulta también muy interesante tener en cuenta el contexto histórico en el que se estrenó la película (1989) ya que en esos momentos presidía los Estados Unidos Ronald Reagan, que llevó a cabo una revolución neoconservadora en la que destaca los planteamientos sociales y morales conservadores. El film refleja estos valores que se venían dando ya desde los años 60, en lo que respecta al modelo de educación de la época, en el que podemos observar un modelo disciplinario y autoritario que separaba a los chicos y a las chicas en diferentes colegios, y que tenía muy presente la religión, prueba de ello son las oraciones que recitaban en el colegio. Este modelo tenía como fin formar y encaminar a los alumnos según la mentalidad y los deseos de los padres, ya que consideraban que el hecho de estudiar en una universidad con cierta notoriedad y además una “buena carrera”, como podía ser medicina, les llenaría de triunfo y orgullo a toda la familia, anulando por completo los deseos de sus hijos. Esta mentalidad se ha mantenido a lo largo del tiempo, aunque hoy en día este modelo está cada vez más en decadencia porque la sociedad, la mentalidad y los valores están en un constante cambio, y se ven modificados con el transcurrir de los años, adaptándose a los nuevos tiempos y generando nuevos puntos de vista, poniendo en duda y dejando atrás algunos de los pensamientos que las sociedades habían asumido como “normales”; ya que la sociedad está en constante evolución. Por lo tanto, El club de los poetas muertos se inscribe en un movimiento más bien realista.


La obra de Peter Weir ha sido muy inspiradora, y prueba de ello son series como la de «Merlí», en la cual un profesor rompe con los esquemas establecidos para inspirar a los alumnos y hacerles pensar por ellos mismos. Según Carlos Franz Limachi Lazarte, licenciado en pedagogía, podemos distinguir dos modelos educativos que se confrontan en la Academia de Welton: por un lado, el ofrecido por la Welton, que está influenciado por la teoría conductista del aprendizaje, en la que los alumnos que cumplan los objetivos serán recompensados con buenas notas y el reconocimiento de los profesores, respondiendo mediante estímulos positivos o negativos según se ajusten mejor o peor al modelo, recurriendo a métodos como la repetición de los contenidos o a castigos severos si no se cumplen los objetivos. Por otro lado, encontramos el modelo educativo alternativo del Sr. Keating que adopta una perspectiva constructivista a la hora de transmitir sus contenidos, en la que los alumnos son los que construyen su propia visión del mundo a través de sus experiencias personales al participar en los ejercicios planteados por el profesor, siendo sujetos activos a la hora de recibir la información. Otra película posterior que muestra también esta confrontación entre dos modelos de enseñanza es «Los niños del coro», en la cual se presenta una situación similar en la que un profesor nuevo llega y es capaz de inspirar a sus alumnos.

El club de los poetas muertos nos cuenta cómo la llegada de un nuevo profesor de literatura a la Welton Academy cambia la concepción de un grupo de alumnos en la manera de vivir y entender la vida, haciéndoles luchar por sus verdaderos sueños y deseos. Los alumnos comienzan a investigar quién es el profesor y descubren que pertenecía a un club llamado “los poetas muertos”, y desde ese momento, Neil Perry decide revivir este antiguo club y convocar reuniones todas las noches para poder hablar libremente y expresar sus deseos sin ser cuestionados. Finalmente, Neil, tras perseguir su sueño de ser actor y actuar en una obra de Shakespeare, tiene una fuerte discusión con su padre, el cual le obliga a seguir sus ordenes y deseos sobre su futuro. Así es que el chico, frustrado por la situación, decide acabar con su vida, lo que desemboca en el despido del profesor John Keating. El film está repleto de ideas que quedan condensadas en la historia como la importancia de pensar por uno mismo (librepensadores) y del “carpe diem”. De nuevo nos encontramos con la confrontación, ya no solo a nivel educativo sino a la hora de entender la vida. Pero la película ensalza en todo momento el modelo de Keating en el que apunta que “solo al soñar, tenemos libertad”, refiriéndose a que las personas siempre estamos intentando encajar en la sociedad y responder a los deseos de otros para contentarlos y que solo cuando soñamos libremente, sin ser juzgados, conseguimos encontrarnos con nuestros deseos que nos convierten en lo que verdaderamente somos y queremos. Por el lado contrapuesto está McAllister “muéstrame un corazón libre de necios sueños y yo te mostraré a un hombre feliz”, el cual apunta que el soñar puede resultar frustrante, sobre todo cuando esos sueños no se alcanzan, por lo que es mejor olvidarse de ellos para poder conseguir la felicidad. Relacionado con la felicidad se encuentra el “carpe diem” que nos invita a disfrutar del momento para “no llegar a la muerte descubriendo que no la has vivido”.
El profesor Keating anima a los alumnos a que vivan el día a día y que encuentren lo que realmente les apasiona y que luchen por conseguir sus objetivos, porque solo se vive una vez y con el paso del tiempo cada vez cuesta más llegar a ellos, pero siempre con “valor y prudencia” teniendo en cuenta la teoría de causa y efecto para valorar y pararse a pensar si eso merece realmente la pena. Como ideas secundarias, desencadenadas de estás dos primeras, se encuentra el hecho de mirar las cosas con diferente perspectiva para poder llegar a un criterio más contrastado y tener en cuenta que muchas veces, cuando nos sentimos perdidos y confusos basta con mirar las cosas de un modo diferente en el que quizás sí podamos encontrar la solución que estábamos buscando. Además, a través de la poesía que recita Todd Anderson, se lanza el mensaje de que la verdad está sobrevalorada y que en muchas ocasiones no importa tanto lo que sea verdad o no, sino lo que uno sienta como verdad, ya que existen diferentes puntos de vista y formas de actuar. Así es que la verdad es un concepto subjetivo, ya que lo que hoy puede ser verdad, mañana puede no serlo porque se haya encontrado algo que desmienta esa verdad; por lo que “la verdad” está en constante construcción. Otro debate que se encuentra en la película es el hecho de ser ambiciosos en la vida y no conformarnos con lo que nos den para así poder llegar a ser lo que deseemos.

Peter Weir se dirige a un público colectivo, pero sobre todo a los más jóvenes, invitándoles a disfrutar de la vida y a luchar por sus sueños. Al ver la película y en la situación de pandemia mundial en la que nos encontramos, he recordado la importancia de vivir el presente que, aunque sea un mensaje que cada vez tenemos más interiorizado, a veces nos preocupamos demasiado por el futuro y nos olvidamos de vivir lo que realmente está sucediendo, pudiendo ser que el pasado y el futuro no existan realmente en sí y sean meras construcciones del presente. El club de los poetas muertos constituye una obra de gran importancia ya no solo por la historia que se cuenta, sino por los valores que se tratan, ya que en todo momento nos invita a reflexionar y a sumergirnos en la historia, en la que, personalmente, he sido capaz de ser un miembro más del grupo, planteándome cuales son mis metas en la vida, como han hecho ellos en el film. Con todo esto, me ha surgido un debate interno sobre lo que es la felicidad y lo importante que es para el ser humano. Para Aristóteles, la eudaimonía designa el mayor bienestar humano, el cual es el objetivo de la filosofía práctica y por ello propone que para llegar a la felicidad se debe romper la cadena de medios y fines, y ser un fin en sí mismo, es decir, no hacer las cosas para esperar una recompensa de ellas (teleología). Por ello, ya desde los planteamientos griegos, se pone en juego que, para conseguir la felicidad, cada persona debe esmerarse en construir un «ethos», una manera de ser que le disponga y le ayude a vivir bien. Investigaciones posteriores como la de Victoria Camps en su libro En busca de la felicidad propone que “vincular la felicidad a la ética significa que aquella reside en el carácter o en la personalidad de cada uno, más que en un código o en un listado de normas que hay que acatar».
Con el paso del tiempo y la llegada del individualismo, la felicidad pasa a convertirse en un concepto puramente individual. Incluso otros autores como Pico della Mirandola escribió su célebre Oratio de hominis dignitate (Discurso sobre la dignidad del hombre), donde señala que la dignidad humana consiste en poder escoger cómo vivir. Con todo esto, he llegado a la conclusión que al igual que los valores o la propia sociedad, la felicidad es un concepto que está en constante construcción, pero a diferencia de estos, se trata de una construcción interna de cada individuo, el cual tiene que ser capaz de evaluar lo que él considera cómo felicidad.
